Claro que el tiempo transcurrió, en los ochenta el humor pasaba por otro lado. ¡Tantas cosas pasaban por otro lado!
Hoy, las formas de vida cambiaron, y en concordancia, también el humor y sus exponentes.
El trío (y el guionista, Damián Dreizik) deciden pararse en la otra vereda a la hora de hacer comedia. Fiel a la tradición rupturista de sus creadores, "Pájaros volando" trae un respiro entre tanto papá que es un ídolo y bañero loco escapando de ninjas.
Es que Montalbano y Capusotto, miembros del grupo de jóvenes prodigios que en los noventa crearon "De la cabeza" y "Cha cha chá", saben trabajar con el absurdo desde una óptica completamente distinta a la que se acostumbra en nuestro cine.
La película está llena de chistes. Todo el tiempo. Tontos, geniales, extraños, políticos, negros. Peter Sellers decía que en la comedia, como en la vida, el humor está en todas partes y "Pájaros volando" es fiel a ese precepto.
El comienzo queda ya guardado en la memoria del espectador: Victor Hugo Morales disertando sobre los misterios del universo como un Leonard Nimoy uruguayo.
Es que todo todo el film está lleno de guiños del estilo. Tributo al cine bizarro de los setenta.
Memorables también son los pequeños papeles y cameos de distintos íconos de toda la idiosincracia argentina. Miguel Cantilo es un artesano trucho, Juan Carlos Mesa, un criador de gallinas, Claudia Puyó, una vendedora de pastafrola, por citar algunos. Hay uno, particularmente, que resalta sobre el resto: preste atención, lector, al actor que interpreta al jefe de la estación de bondis.
Debido al buen ritmo del director, que entiende que el hilo no es el que hace a la historia, la narración nunca se torna densa.
Cuando parece que va camino a serlo, Capusotto sale a la carga. Nos regala unos ojos bizcos, y nosotros, más fanáticos que espectadores, nos dejamos atrapar de vuelta.
Capusotto se siente más cercano que nunca en esta película. Ver a su personaje temblar cuando fuma un porro con la mujer de su primo (Verónica Llinás, Luis Luque) es sentimentalmente rejuvenecedor.
La moraleja que podemos extraer de la película nunca sonó tan actual: Dejemos que los marcianos sigan en lo suyo, y vamos a los bifes acá en la Tierra.