La Nación de hoy publica un análisis de la coyuntura económica mundial del ex-funcionario de De la Rúa, Juan José Llach.
En él, el economista se centra en un hecho que le parece fundamental para pensar el actual momento: lo claramente mejor que les fue en los últimos años a los países emergentes, en comparación con los magros resultados económicos de los desarrollados.
Desde allí, comienza a desarrollar el análisis de las que supone causas, principalmente de la debacle de los desarrollados, pero también del "éxito" de los emergentes. Y establece, además, algunas líneas comparativas con el período histórico de pos-guerra, para señalar una inversión en el presente de los lineamientos generales del devenir de entonces.
Ahora, como todos los análisis, éste no consigue neutralizar el ímpetu de la ideología. Que hace que Llach coloque a la alta inflación como elemento preponderante en los malos resultados (de los emergentes -subdesarrollados, bah-) de la posguerra.
Esta inclusión le permite a Llach señalar un problema concreto que enfrenta la Argentina en la actualidad y que hace que sus perspectivas para los próximos dos o tres años sean peores que las del promedio de emergentes. Si bien desconfiamos de esas previsiones fugitivas que desde hace 8 años huyen hacia el incomprobable futuro levemente cercano de "dentro de dos o tres años", concedámoslo. Pongámosle que sí.
La verdad es que en este último tramo de la historia los emergentes que han crecido (Argentina es uno de los que más ha crecido en los últimos 8 años en América Latina) han tendido a tener una inflación notablemente más alta que los países desarrollados a los que les ha ido mal.
En primer lugar, y generalizado para todos, como consecuencia de la infructuosa política expansiva norteamericana, que propició un proceso de inflación en dólares a nivel mundial, que apenas si compensó la destrucción de activos y poder adquisitivo que la recesión les causó internamente.
Y además, se le sumó que en algunos casos las autoridades monetarias no condescendieron a la aplicación de políticas tozudamente contractivas como la del Banco central europeo, por ejemplo. Incluso aquellos países que aplican "metas de inflación", los más "serios" digamos, no se desesperaron por haber incumplido la meta en algunas ocasiones, mientras el crecimiento siguió en terreno positivo.
Pero si alguna conducta en relación con la inflación debemos señalar como ligada al crecimiento negativo de las economías centrales, es el no abandono de la fijación obsesiva por combatirla aún cuando no la hubiera.
Es decir, la realidad muestra lo mismo que dice Llach, pero totalmente al revés.