La clave psicosocial que conecta los episodios de 2007 con los actuales tiene que ver con el posicionamiento de los políticos en las mentes de los electores. No tanto en lo conciente, lo racional y argumentativo (que también importa), sino en lo emocional y en lo más profundo del inconsciente colectivo de los argentinos.
La campaña electoral macrista de 2007 incluyó uno de los más notables aciertos comunicacionales de los últimos tiempos: la sustitución del candidato individual por la candidatura de la pareja “Mauricio y Gabriela”.
El psicoanalista británico Wilfred Bion describía lo que denominaba el supuesto básico del apareamiento o emparejamiento. Se trata de un clima emocional y de una compleja red de actitudes que se producen en un grupo humano cuando éste delega el liderazgo positivo y las funciones integradoras y reparadoras no en un individuo sino en una pareja. Según Bion, ese estado emocional colectivo facilita la productividad y la creatividad y aleja al grupo del odio y la dependencia. Entonces es la pareja la que gestará lo nuevo que vendrá a repararnos y a integrarnos.
La campaña de 2007 de PRO generó ese estado emocional en amplios sectores de la población de la Capital Federal con su liderazgo en pareja y su batería de propuestas positivas. El lugar de Mauricio Macri era claro: el papel paterno en la pareja líder. Su perfil de empresario, su historia de dirigente de fútbol, su actitud seria y contenida y hasta su bigote como señal de autoridad, todo era funcional a su lugar de padre en la pareja que buscaba alumbrar la esperanza. Por supuesto que no había mejor color que el amarillo del sol para señalar a la pareja que daría a luz a un nuevo Buenos Aires.
Sus adversarios, en cambio, buscaron sin éxito desplazarlo de ese lugar de padre en la pareja “Mauricio y Gabriela” y obligarlo a ocupar el lugar del hijo en el inconsciente colectivo. Sabían o intuían que el lugar de “el hijo de Macri” sería mucho menos rentable políticamente para aquel candidato.
Hoy, el procesamiento de Mauricio Macri supone la apertura de una crisis política para el jefe de Gobierno porteño, y en mal momento: el año previo a las elecciones nacionales en las que aspira a ser el candidato presidencial que dispute el cargo con el kirchnerismo.
Toda crisis es peligro, pero también oportunidad. ¿Cual es la oportunidad? Que los electores lo visualicen, tal vez con una buena gestión de la comunicación de crisis, como el referente de la oposición y el gran adversario de Néstor Kirchner.
fuente: Newsweek